El agnosticismo

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agnoJulián Velarde.
Editorial Trotta, 2015, 197 pp.

Esta obra ya fue editada en 1996, pero tanto el autor como varios colegas y amigos suyos, han convenido en que hacía falta una reedición para “corregir errores y erratas, para rellenar lagunas y para completar algunas cuestiones que fueron tratadas tangencialmente en el trabajo inicial” (p. 11). A todo esto añade el autor que “en esta obra se han reunido los sucesivos trabajos que he ido realizando sobre el agnosticismo. He procurado conjugar las perspectivas diacrónica y sincrónica, incorporando discusiones e intercambio de opiniones en mis clases universitarias y en diversos congresos de filosofía a fin de ofrecer una visión actualizada  de esta, a nuestro entender, potente doctrina filosófica” (citado en el  prefacio).

El término agnosticismo procede del griego a que significa “sin” y de gnosis “conocimiento”. Se puede definir como la doctrina filosófica que considera inaccesible para el entendimiento humano la noción de absoluto y, especialmente, la naturaleza y existencia de Dios y, en general, de todo lo que no puede ser experimentado o demostrado por la ciencia. «El agnosticismo no niega la existencia de Dios».

El prólogo corre a cargo del profesor Jacobo Muñoz de la Universidad Complutense de Madrid. Concibe esta obra como definitiva sobre el tema, la primera caracterización precisa del agnosticismo. Para Muñoz, “Juan Velarde, asume, y define, pues, el agnosticismo como una teoría específica del conocimiento, articulada en torno al ejercicio  de y despliegue de las ideas de la razón y experiencia y, sobre todo, de conocimiento y creencia, e inseparable en su génesis de un determinado contexto histórico-cultural en cuya estela efectual aún vivimos a pesar de todo hoy”. Añade una nota a esta segunda edición sobre la práctica religiosa, en que en algunos lugares está en decadencia, mientras en otros avanza y aumenta su protagonismo  social y político que en algunos casos genera conflicto y violencia. Y como el fenómeno religioso y las relaciones entre el saber y la fe interesan a muchos de nuestros contemporáneos, eso podría explicar la necesidad de reeditar esta obra clásica dedicada al más afilado de los enemigos íntimos del fideísmo, el agnosticismo.

Julián Velarde Lombraña, nació en Avellanedo (Cantabria) en 1945. Estudió Filosofía en las Universidades de Oviedo y Valencia, doctorándose en esta última con una tesis sobre la Teoría Lingüística de Chomsky. Es catedrático de Filosofía (Teoría del Conocimiento) de la Universidad de Oviedo. Ha traducido obras de los filósofos griegos y también de otros de la era cristiana. Además de esta obra ha publicado otras nueve de temática filosófica desde 1982 hasta 2015. Ha escrito numerosos artículos. Actualmente trabaja en las líneas de investigación  de teoría del conocimiento y teoría del lenguaje.

El libro contiene siete capítulos en los que trata  los siguientes temas: 1. Raíces kantianas del agnosticismo; 2. Génesis del agnosticismo; 3. El agnosticismo y la religión; 4.La intolerancia de las iglesias con el agnosticismo; 5.El agnosticismo en el sistema filosófico; 6. Conocimiento/creencia; 7. Verdad/conocimiento, creencia.

Escribe el Dr. Velarde, que Huxley fue el que acuñó el término agnóstico para expresar lo que él consideraba su pensamiento en tanto que distinto de ateo, teísta, panteísta, materialista, idealista o cristiano. El mismo Huxley explica que “El término agnóstico me vino a la cabeza como sugestivamente antitético al término gnóstico de la historia de la Iglesia;  aquel que profesaba conocer acerca de muchas cosas bastante más de aquello de lo que yo era ignorante”. Asimismo aclara Huxley que “El término ‘agnóstico’ no me fue sugerido por la frase en los Hechos de los Apóstoles, en los que Pablo habla de una inscripción al dios desconocido”. Esta aclaración es oportuna porque incluso en un diccionario inglés y en una obra de Lightman se dice todo lo contrario. No obstante, en el ámbito religioso el término agnóstico ha ido adquiriendo el sentido de no creyente o al menos de no poder tener conocimiento de Dios.

Independientemente de estas cuestiones sobre el origen del término, a nosotros nos interesa destacar del contenido los capítulos 3 y 4. En el primero de estos dos capítulos se confirma la idea sostenida por Hamilton de que Dios es incognoscible. Como nos movemos en el ámbito de la filosofía podemos estar de acuerdo con esta afirmación por cuanto se contempla al margen de la Revelación divina, la Biblia, pues Dios se ha dado conocer a sí mismo. Como dijo ya en el siglo pasado el teólogo Bernard Ramm, “el conocimiento de Dios no es otro sistema metafísico o ideología. Es teología, y no antropología religiosa. Es la logia (el estudio cuidadosamente dirigido) de Dios, y no theôria (especulación) de Dios. El conocimiento de Dios no es una proyección de ideas humanas hacia el orden espiritual, puesto que tal cosa sería solo antropología religiosa, y no logia tou theou”. En realidad el capítulo tercero es un resumen del pensamiento de bastantes filósofos sobre la relación entre agnosticismo y religión. El enunciado del capítulo 4 promete contemplar la intolerancia de  las iglesias con el  agnosticismo. Sin embargo, el tema central es la intolerancia que se distribuye en una proporción superior a la iglesia católica romana y algo al protestantismo y no dice nada de otras iglesias, como por ejemplo, la ortodoxa. Para explicarlo, Velarde hace una incursión en la historia señalando los escritos y los actos más conocidos de intolerancia en que destaca, como es obvio, la Inquisición. A nuestro entender comete algunos errores que son comunes a la mayoría de la intelectualidad española. Por ejemplo, se refiere a algunas iglesias protestantes como “sectas que defienden la separación Iglesia/Estado y los derechos de la conciencia”. La verdad es que las iglesias evangélicas defendemos ambas cosas y nosotros no somos sectas, sino iglesias que deseamos seguir por el camino que nos enseñó el Señor Jesucristo con la guía de la Palabra de Dios, la Biblia, y su Espíritu. Para nosotros la verdad se encuentra solo en Jesucristo y su Palabra y en la medida que le seguimos a él y obedecemos su Palabra, estamos en la verdad.

Tampoco podía faltar, aunque solo sea una mención, los asuntos de Castellion y de Servet. Desafortunada es la frase relativa a Castellion que dice: “fue capturado por los agentes de Calvino”, cuando en la nota a pie de página alude al tratado que escribió que era contra Teodoro de Beza y sigue otra frase que es errónea sobre este  “que justificaba la medida tomada por Calvino contra Servet”. Debemos recordarle a Julián Velarde que Calvino no tomó ninguna medida contra Servet, sino que  su condena, tras un juicio, fue obra del Consejo Menor de Ginebra compuesto por adversarios de Calvino. Que no debía haber ocurrido, estamos de acuerdo, pero digamos las cosas rectamente. Por otra parte, justo es reconocerlo, agradecemos el párrafo en que menciona al jesuita Cavali que en 1948 en su obra La condizione dei Protestanti in Spagna, rechaza tolerar derecho alguno para los protestantes españoles, sobre la base de que “la Iglesia católica, consciente de ser por una prerrogativa divina la única Iglesia verdadera, no puede tomar en consideración más que para sí misma el derecho a la libertad, porque este derecho no puede asegurarse más que a la verdad y jamás al error (…). La Iglesia católica traicionaría su misión si proclamase, en la teoría o en la práctica, que el error puede tener los mismos derechos que la verdad (…). (En consecuencia) en una nación en la que los disidentes están en minoría, en un gobierno que muestra loables disposiciones hacia la verdadera religión, no se puede invocar plena libertad para todos los cultos y para todas las creencias. Sin duda esto es duro para los protestantes, pero deben comprender que la Iglesia, al sostener su doctrina, cumple un deber sagrado”. Menos mal que el Concilio Vaticano II aprobó la  Declaración  sobre Libertad Religiosa, aunque mantenga el criterio de ser la única iglesia verdadera y a las demás iglesias, las llama  comunidades eclesiales o iglesias de categoría inferior.

En la última parte del capítulo 4, el autor hace una amplia crítica a la iglesia católica por mostrarse todavía intolerante hacia el agnosticismo y como ahora ya no puede amenazar a los agnósticos  con la cárcel, lo sigue haciendo con las penas eternas del infierno (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nº 1034). Observamos como la bibliografía que viene al final de la obra pertenece a los siglos XIX y XX y solo una es del siglo XXI. ¿Será por qué esta es definitiva cómo se dice en prólogo?

Pedro Puigvert

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