Un ministerio ideal

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unministerioCharles Spurgeon.
El Estandarte de la Verdad, Edimburgo, Inglaterra 2012. 364 págs
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 Poco se puede añadir a lo ya dicho sobre el enorme personaje que Dios concedió a la Iglesia en el 1800; pero de la magnífica introducción que firma el escritor Ian Murray, sonsacaremos algunos detalles que nos ayudarán a entender el por qué de este interesante volumen. No cabe duda de que en nuestros días, cuando la decadencia en el poder de la predicación y la asistencia a las iglesias es tan evidente, las opiniones de un hombre como él merecen ser conocidas.

El mejor ejemplo de los puntos de vista de Spurgeon en cuanto a la preparación para el ministerio es la historia de su propia Escuela. Casi desde el comienzo de su trabajo en Londres, en 1854, antes aquellas inmensas multitudes (alrededor de cinco mil personas), Spurgeon sintió profundamente la necesidad que había de contar con muchos más predicadores de sólida posición evangélica. Además sabía -como a menudo lo había dicho- que las escuelas teológicas habían desempeñado siempre un papel vital en la provisión de tales hombres: «Honorato, en los primeros años del siglo V, se retiró a la pequeña isla que aún lleva su nombre, cerca de Cannes, y atrajo a su alrededor a cierto número de estudiantes. El que mejor conocemos es Patricio, evangelizador de Irlanda. Así fue como Honorato y Columba, en días antiguos, y también Wycliffe, Lutero y Calvino, en tiempos de la Reforma, prepararon a los ejércitos del Señor para su misión. Las escuelas de profetas son una necesidad primordial si se trata de mantener vivo y propagar el poder de la religión en el país”.

“Hablamos de Lutero y Calvino en los tiempos de la Reforma, pero debemos recordar que estos hombres llegaron a ser lo que fueron en gran parte, a su poder para estampar su imagen y sus rasgos en otros hombres con quienes entraron en contacto. El que iba a Wittenberg, no veía solo a Lutero, sino la escuela de Lutero; los hombres que había a su alrededor, todos los estudiantes que se estaban convirtiendo en Luteros bajo su dirección. Lo mismo ocurría en Ginebra. ¡Cuánto debe Escocia al hecho de que Calvino pudiera instruir a John Knox! ¡Cuanto beneficio han obtenido otras naciones de la pequeña república de Suiza, debido a que Calvino tuvo el sentido común necesario para percibir que un solo hombre no podía influir en una nación entera a menos que se multiplicase, y propagase sus puntos de vista, escribiéndolos sobre las tablas de carne de los corazones de hombres jóvenes y fervorosos! Las iglesias parecen haber olvidado esto. El sentido común santificado lleva a la Iglesia a formar la facultad de teología. La Iglesia debería hacer de esa institución el objeto primordial de sus cuidados».

Poco después de haber empezado a predicar en Londres -nos cuenta Spurgeon-, «varios jóvenes celosos fueron llevados al conocimiento de la verdad; y entre ellos algunos cuya predicación en la calle Dios bendecía con la conversión de almas». El primero de estos «predicadores callejeros» fue un joven llamado T.W. Medhurst. Al parecer, algunos miembros de la congregación de Spurgeon dijeron a su pastor que Medhurst no estaba preparado para semejante trabajo, y entonces Spurgeon mantuvo una entrevista con el joven y recibió la siguiente respuesta memorable: «Señor, yo debo predicar, y predicaré a menos que usted me degüelle». Esto fue lo que finalmente llevó a Spurgeon a la decisión práctica de que debía hacer algo para preparar a tales hombres para el ministerio. Así que, en el año 1855 -¡cuando Spurgeon contaba solo 21 años de edad, y había mil personas que daban pruebas alentadoras de conversión y deseaban ser recibidas en la capilla de New Park Street!-, Medhurst empezó a asistir cada semana a casa de su pastor, para recibir varias horas de instrucción teológica. ¡Se alojaba en el hogar de otro ministro y, entre tanto, la Sra. Spurgeon practicaba «la más rigurosa economía doméstica» para permitir a Spurgeon sostener a Medhurst de su propio salario! En 1857 se sumó un segundo estudiante; y al poco tiempo el número aumentó hasta ocho, luego veinte y, finalmente, solía haber entre setenta  y cien estudiantes que recibían un curso de dos años en lo que llegó a conocerse como la «Escuela Pastoral». En 1891 se habían preparado allí 845 hombres;  de ellos,  muchos abrieron nuevos campos de evangelización y formaron iglesias nuevas en Inglaterra, pero otros llevaron el evangelio hasta los confines de la tierra: Marruecos, Las Islas Malvinas, Tasmania, Sudáfrica y Estados Unidos; entre otros muchos países, se beneficiaron de su labor.

Se podría preguntar ¿por qué otra escuela? Para Spurgeon no había facultades teológicas que satisficieran las necesidades como él las veía. Primero, respecto al ingreso de los estudiantes: «Nuestra institución -dice- aspira a impedir que ocupen un cargo sagrado los que no son llamados al mismo. Estamos rechazando candidatos continuamente porque ponemos en duda su aptitud. Algunos de ellos tienen educación y dinero, y están apoyados por fervientes peticiones de padres y amigos; pero todo esto no les aprovecha en modo alguno». Segundo, en lo tocante al plan de estudios de la preparación teológica, Spurgeon aseveraba que la importancia primordial debía tenerla la Teología Bíblica. «Nos esforzamos en enseñar las Escrituras; pero, dado que todo el mundo pretende hacer lo mismo, afirmamos sin ambages que la teología de la Escuela Pastoral es puritana. Somos lo suficientemente anticuados como para preferir a Manton antes que a Maurice, a Charnock sobre Robertson y a Owen por encima de Voysey. Tanto nuestra experiencia como nuestra lectura de las Escrituras nos confirman en la creencia de las doctrinas de la gracia, que tan poco de moda están ahora; y entre nosotros, en cuanto a aquellos grandiosos fundamentos, no hay nada que suene a incierto».

Su clarividencia también era, y es: profética, y por lo tanto de actualidad latente. Veamos un fragmento del último mensaje del libro, en su apartado: Los males de nuestros días. Nadie puede discutir que hay males que son constantes a lo largo de todas las épocas; y que, por otra parte, ciertas fiebres intermitentes aparecen solo de vez en cuando. La verdad es una sola, y la misma en todas las épocas; pero la falsedad cambia de forma, y viene y se va como las modas en el vestir. También para las cosas malas hay una sazón, y un tiempo para toda doctrina que no viene del  Cielo. Ahora nos enfrentamos a ese gran mal que es la puesta en duda de las verdades fundamentales. Los hermanos siempre han diferido sobre puntos de menor importancia, y no ha sido cosa insólita que nos reuniésemos y discutiéramos asuntos de doctrina sobre la base de la Sagrada Escritura. Todos estábamos de acuerdo en que cualquier cosa que dijera la Escritura tenía que ser decisiva; y solamente deseábamos comprobar aquello que el Señor había revelado. Pero ahora ha surgido otra forma de discusión en la que los hombres ponen en duda las Escrituras mismas. Cierto diácono de una de nuestras iglesias decía el otro día tocante a una doctrina: «Aunque lo dijera la Biblia, yo no lo creería». La fuente de la inspiración ya no está en el Libro, y en el Espíritu Santo, sino en la propia inteligencia del hombre. Ya no se trata de: «Así dice Yahweh»; sino de: «Así dice el pensamiento moderno».

La mayor parte de este libro no está confinada a un marco histórico. Los factores espirituales necesarios para un ministerio poderoso son tan independientes del tiempo como lo eran en los días de Juan Crisóstomo, Hugh Latimer y George Whitefield. En una hora cuando estamos presenciando un creciente retorno a la doctrina reformada, hay gran necesidad de que los ministros y estudiantes consideren de nuevo de qué manera este mensaje debe ser predicado otra vez, con poder capaz de convertir a las almas. Difícilmente podría haber mejor guía acerca de este punto que C.H. Sprgeon.

                                                                                                                                                         E.V. Giró – Barcelona

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