SANTIAGO: Una fe en acción

Evis L. Carballosa,
Editorial Portavoz. Grand Rapids, Michigan, 2014 (Edicción actualizada), 303 pp.

Toda aportación seria al acervo literario de la exposición bíblica es bendición inestimable. Una de las mayores necesidades del pueblo cristiano es ahondar en las enseñanzas de la Sagrada Escritura para no ser llevado de acá para allá por cualquier viento de doctrina y para robustecer su fe. Solo así puede librarse de la superficialidad y de los males que esta comporta. Pero esa profundización no puede conseguirse por ningún camino que no sea el del estudio concienzudo del texto bíblico. De ahí la conveniencia de buenos comentarios exegéticos que nos ayuden a comprender el significado de lo que los autores sagrados escribieron.

Entre tales comentarios podemos incluir este que el lector tiene  en sus manos. Por su extensión, por su claridad, por su análisis exhaustivo de cada pasaje, por el acierto con que sus diversas partes son bosquejadas y por sus aplicaciones prácticas, la obra del doctor Carballosa constituye una ayuda sumamente valiosa para quien desee conocer a fondo la Epístola de Santiago.

Pero no es solamente un comentario de gran calidad lo que el autor nos ofrece, sino un tríptico del máximo interés, en el que el cuerpo exegético va precedido de una primera parte sobre hermenéutica y seguido de una tercera sobre predicación expositiva. Ambas son esenciales para que la exégesis sea, además de correcta, efectiva.

La hermenéutica, ciencia o arte —o ambas cosas— de la interpretación ha sido siempre un factor decisivo en la formulación de la fe cristiana a partir de los textos bíblicos. Solo cuando la teología sistemática descansa sobre una sólida base escriturística, es digna de aceptación plena.

Los excesos de la especulación metafísica aplicada a la teología, en los que a veces han caído los pensadores cristianos, únicamente pueden corregirse mediante la percepción global de la revelación que se alcanza a través de una interpretación esmerada de los libros de la Biblia. Y también de los errores de sectas o  movimientos  religiosos extraños es correctivo la aplicación de los principios y reglas de la hermenéutica.

 Pero es indispensable que el enfoque hermenéutico sea correcto. No han faltado a lo largo de la historia de la Iglesia métodos de interpretación que han alterado gravemente el sentido de determinados pasajes de la Escritura. El alegorismo, el literalismo excesivo, el dogmatismo, el método histórico-crítico y ciertos elementos de la llamada «nueva hermenéutica» han conducido en muchos casos a interpretaciones erróneas, fantásticas o absurdas unas veces; excesivamente filosóficas otras, con total indiferencia respecto a lo que el escritor sagrado quiso decir y dijo. No es este el caso en la orientación hermenéutica dada en la primera parte de esta obra en la que el autor sigue la sana línea de la interpretación gramático-histórica. Por eso la parte central, correspondiente a la exégesis de la carta de Santiago, presenta una gran solidez. Después de una amplia y documentada introducción, en la que se ofrece la visión necesaria de escritor, destinatarios de la carta y demás circunstancias del fondo histórico, se hace una exégesis minuciosa del texto.

Evis L. Carballosa desgrana prácticamente todas y cada una de las palabras, agota su significado haciendo notar los matices que se derivan de la etimología o de  la  composición de los vocablos griegos, de los tiempos de los verbos, de las preposiciones, etc., sin perder de vista el usus loquendi de algunas expresiones, es decir, el sentido particular que en cada caso podían tener según el uso de las mismas en los días y circunstancias en que la carta fue escrita. En esta tarea de análisis, el autor no regatea esfuerzos, ni los de su propio estudio ni los de una amplia consulta de otros acreditados comentaristas.

Con todo, el comentario no resulta en ningún momento árido, pues no se limita a tecnicismos lingüísticos. Más allá de las palabras, el autor se sumerge en el fondo del pensamiento de Santiago y de él extrae, debidamente iluminadas, las grandes enseñanzas del «hermano del Señor». El conjunto aparece como un todo coherente y eminentemente práctico, sin que falten, cuando conviene, las oportunas notas doctrinales. En algunas de estas, el autor hace patente su posición teológica  y  su  enfoque  hermenéutico.  Posiblemente  no  todas  serán compartidas por la totalidad de los lectores —esto sucede con cualquier obra importante—; pero en todas se hace evidente la gran fuerza con que el texto bíblico gravita sobre él.

Con toda seguridad, el lector, a través de este comentario, descubrirá nuevas facetas de la Epístola de Santiago y la tendrá en mayor estima. Es, sin duda, uno de los grandes escritos del Nuevo Testamento, pese al juicio poco favorable que le pareciera a Lutero. Y es uno de los más saludables para el pueblo de Dios en nuestros días, cuando la sociedad pone en tela de juicio todos los valores morales y cuando muchos creyentes dan mayor importancia a sus experiencias de tipo emocional o extático que a sus responsabilidades éticas. Hace muy bien el autor en subrayar que la verdadera fe cristiana es una fe que funciona y que su funcionamiento debe estar regido por los principios morales y las pautas de conducta que nos traza la Palabra de Dios.

La obra concluye con una síntesis homilética sobre la predicación expositiva.

Y ello también responde a una perenne necesidad. No basta una exégesis exhaustiva y sana de los textos de la Escritura. Es necesario exponer su contenido de modo que satisfaga las necesidades espirituales del hombre de hoy. A menudo, entre el texto y el lector —u oyente—, hay una sima de separación. Se necesita un puente que los comunique. Y ninguno mejor que la predicación expositiva.

Por eso, la instrucción impartida en la tercera parte del libro es utilísima, en especial para estudiantes de la Biblia y predicadores.

Preveo una difusión fructífera de la presente publicación. A mi sentimiento de gratitud por ella se une el deseo de que otras semejantes sigan para enriquecimiento espiritual de muchos creyentes de habla hispana.

José M. Martínez
Tomado del Prólogo

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