Padre nuestro: La revolución de Jesús

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Walter Kasper.
Editorial Sal Terrae. Maliaño. Cantabria. 2019. 119 págs.

Walter Kasper, es doctor en Teología y profesor de Dogmática, fue obispo de Rotenburgo-Stuttgart de 1989 a 1999. Es actualmente uno de los teólogos más influyentes y goza de un respeto generalizado en el mundo ecuménico. La editorial Sal Terrae está publicando la edición en lengua española de su Obra Completa. Este texto está enmarcado en la colección "El Pozo de Siquén", con el número 413.

En las primeras palabras del autor, en su prólogo, ya desmitifica la costumbre pasada del catolicismo, de repetir cantidad de veces esta excelente oración, con las siguientes frases: "No es una oración simplona o ingenua y, por ello, no basta con repetirla de manera memorística, porque vuelve patas arriba muchas de las opiniones de cada día, y nos hace ver la vida y el mundo de manera nueva. En definitiva, nos da firmeza y esperanza."

Antes de exponer el comentario, hace una introducción histórica y de tradición bíblica, dado que aparece en dos versiones en el Nuevo Testamento. Mateo 6:9-13, la más extensa y Lucas 11:2-4, la breve; versión aramea y versión griega, la de Mateo la más antigua, etc... y repasa la discusión de la literalidad de las palabras de Jesús, así: "El intento de interpretar en todo lo posible la palabra de Jesús literalmente y en el sentido del Jesús histórico solo se introdujo con la moderna exégesis histórico-crítica. Esta exégesis histórico-crítica ayudó a liberar de nuevo el texto original de repintes y maquillajes posteriores añadidos. Por este camino, la citada exégesis nos ha permitido conocer muchas cosas de nuevo y mejor. Por eso, en toda exégesis actual es imprescindible. La mejor traducción puramente literal es de poca ayuda si se presta al equívoco o incluso es ininteligible. La fe cristiana es una fe que busca entender. Por tanto, creer y entender, creer y pensar, no se dejan separar: forman un todo."

"Una invitación a orar: Jesús transmitió a sus discípulos el padrenuestro como invitación e introducción a la oración. Para ello prometió a sus discípulos el Espíritu Santo, que les recuerda todo y les introduce en toda verdad (Jn. 14:26; 15:26; 16:13). En la oración reconocemos ante Dios nuestra finitud de creaturas; reconocemos con ello simultáneamente el señorío de Dios, su gloria, su poder y su bondad. Esto implica toda una teología. La oración no expone esa teología como una doctrina abstracta, sino en forma de una doxología, de una alabanza. El que ora es consciente de que todas sus palabras y conceptos, en referencia a Dios, quedan superlativamente imperfectos. Sin embargo, el mismo Jesús nos ha enseñado el padrenuestro y nos ha invitado a rezarlo."

Quizás debiéramos constatar que el contexto que antecede a la expresión o "dictado" del Padrenuestro, es precisamente dentro de las instrucciones de Jesús sobre la oración y el énfasis del V. 7 "Y orando no uséis vanas repeticiones". Como dice David Burt en su: Comentario expositivo del Nuevo Testamento. Mateo. "Una de las grandes ironías de la historia de la Iglesia es que el Padrenuestro, enseñado para poner fin a las vanas repeticiones, se haya convertido en la oración más repetida de la cristiandad."

Padre nuestro, que estás en el cielo. "Dios es nuestro origen de un modo que trasciende la paternidad humana. Es nuestro creador. Tener a Dios por Padre significa: no soy el producto de una ciega casualidad, de un oscuro destino; tampoco solo de una evolución de millones de años. Estamos en el mundo porque Dios, como Padre nuestro, nos ha querido y nos ha llamado por nuestro nombre. Tenemos un Padre que es el creador del cielo y de la tierra. El cuarto evangelio pone plenamente de relieve la unicidad y singularidad de la relación de Jesús con Dios y, en especial, su relación filial: "Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" (Jn. 20:17). Esta expresión, juntamente con la distancia, refleja al mismo tiempo la cercanía y la unión. Jesús es el Hijo; nosotros somos -por él y en él- hijos e hijas adoptivos de Dios. Jesús nos ha enviado su Santo Espíritu para hacernos partícipes del Espíritu Santo de ser-hijos. Solo en el Espíritu Santo podemos decir también "Abbá, Padre".

No se advierte en nuestro autor el suficiente énfasis de que cualquiera no puede hacer uso con propiedad de esta invocación.  Seguimos citando el Comentario de David Burt: "Queda claro que, además de indicar la intimidad y la trascendencia de Dios, el uso de esta frase nos recuerda que una oración como el Padrenuestro no puede ser pronunciada por una persona cualquiera, sino solo por los hijos de Dios. Cristo enseñó esta oración a sus discípulos; es decir, a personas comprometidas con el evangelio, con el pacto y con las promesas, y con él mismo como Mesías y Rey. Nadie que no comparta este mismo compromiso puede citar el Padrenuestro sin que resulte una farsa y un contrasentido. O sea, nadie puede llamar a Dios Padre nuestro si no ha nacido como hijo suyo por obra del Espíritu Santo". Que reafirma José M. Martínez en Abba, Padre. (pág. 247). "Este privilegio no iba a ser propio de todos los seres humanos. Solo lo disfrutarían quienes fuesen "hechos hijos de Dios", es decir, los que reciben a Cristo creyendo en él (Jn. 1:12). Estos han sido "adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad" (Ef. 1:5). Y no solo han sido adoptados; han sido, asimismo regenerados mediante un nuevo nacimiento operado por el Espíritu Santo (Jn. 3:5; Gá. 6:15), por el que han recibido una naturaleza de origen divino (2ªP. 1:4)."

Santificado sea tu nombre. En esta primera petición, el autor considera la importancia de llamar a Dios por su nombre, ya que hoy, en la era de la tecnología, el nombre ha dejado de tener importancia, muchos solo somos un número, un e-mail, etc, "tenemos que adentrarnos algo más detalladamente en el significado del nombre; en especial, en el significado del nombre de Dios. Destaca la presencia de Dios en su nombre y nos habla de la respuesta que Moisés recibió de la zarza ardiente ‘Yo soy el que soy’. El ser, en hebreo, no es una realidad estática sino dinámica. Indica un estar ahí dinámico y activo. Por eso, mejor traducción es ‘Yo soy el que está-ahí’. <Yo soy el "Yo estoy-ahí">. Con ese nombre dice Dios quién es, a saber, el Dios que está-ahí por su pueblo y con su pueblo". Con este nombre, Dios promete a los israelitas su presencia auxiliadora, liberadora, en la salida de Egipto y en la travesía del desierto. Solo si consideramos la santidad del Nombre de Dios entenderemos el segundo mandamiento del decálogo que Dios dio al pueblo de Israel: "No pronunciarás el Nombre de Dios, en falso, porque el Señor no dejará impune a quien pronuncie su Nombre en falso". Con esto queda dicho: el santo Nombre de Dios, en el que Él está presente, no debéis mancillarlo mediante la profanación.’ La desunión de los cristianos es un antitestimonio y un escándalo ante el mundo. Por eso, la petición del padrenuestro ‘santificado sea tu nombre’ es un grito: ¡Dios, echa fuera todo lo que impide la revelación de tu nombre, que es amor! ¡Dios, crea unidad entre nosotros, los cristianos, para que el mundo crea!"

Venga "a nosotros" tu reino. "La segunda petición del padrenuestro enlaza con la primera petición. El mensaje de la llegada del reino de Dios es el centro y el leitmotiv de toda la predicación de Jesús. Por eso, muchos exegetas consideran que esta es la petición central del padrenuestro. Desde ella se proyecta luz sobre todo el padrenuestro. La llegada del reino de Dios significa para Jesús la propia venida de Dios al mundo. De ahí que esté ligado a la conversión y a la fe. ‘Convertíos y creed en el Evangelio’ (Mr. 1:15). El reino de Dios está allí donde el señorío de Dios se abre camino en la conversión y en la fe. La venida del reino de Dios pone patas arriba el orden corriente en el mundo y sus valores; o. por mejor decir, vuelve a ponerlos de nuevo sobre sus pies. Mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés (Hch. 2:1-13) ha irrumpido el reino de Dios en aquellos que se confiesan discípulos de Jesucristo. La venida del reino de Dios es acción soberana de Dios. La acogida del mensaje del reino de Dios exige una elección radical."

Quizás echamos a faltar una frase contundente o clarificante como la que nos ofrece, José M. Martínez en Abba, Padre. "Solo el creyente que anhela la plenitud del Espíritu y su obra santificante puede pedir el advenimiento del reino de Dios, pues ello implica el reconocimiento pleno de su autoridad en la vida de sus hijos y la sumisión gozosa a su señorío".

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. "La tercera petición del padrenuestro, ‘Hágase tu voluntad’, enlaza con la venida del reino de Dios. Esta petición es la evidente consecuencia del reconocimiento del señorío de Dios. Porque quien reconoce el señorío de Dios tiene que hacer también su voluntad. El contenido esencial de la ley moral, dada en común al ser humano, tiene su expresión en la regla de oro. Esta regla significa no hacer al otro nada que uno no desee para sí mismo, y hacerle todo lo que uno espera de él para sí mismo. Esta regla de humanidad se encuentra en una u otra forma en todas las culturas que conocemos. Jesús la confirmó expresamente en el Sermón de la Montaña, añadiendo que esa regla condensa lo que dicen la Ley de Moisés y los Profetas. (Mt. 7:12; 22:40. Lc. 6:31). Todos estos mandatos no son un yugo arbitrariamente impuesto ni una carga insoportable; son expresión de la preocupación de Dios por el éxito del humanitarismo y de la convivencia de los humanos. Dios quiere que nuestra vida se logre y que podamos vivir bien y felizmente para entrar en el reino de Dios. La teonomía no suprime la autonomía: antes, al contrario, la protege y la lleva a su perfección. El camino de la vida que cada cual debe recorrer según la voluntad de Dios está entretejido en el gran plan de salvación y en la voluntad universal de salvación de Dios. Como seres humanos, para nosotros el plan y la voluntad salvíficos de Dios están ocultos. Pero se nos han revelado por medio de los profetas y, últimamente, por Jesucristo. El comienzo de la carta a los Efesios nos lo presenta sintéticamente en un himno. (Ef. 1:4-14). Continuamente hay que leer este himno meditándolo de nuevo; su riqueza no se agota ni se condensa en pocas palabras. La voluntad universal salvífica está ya establecida antes de la creación del mundo. El comienzo de la historia de la salvación lo ha establecido Dios con la vocación de Abrahán para bendición de todos los pueblos. (Gn. 12:3). De este modo se nos abre en la tercera petición del padrenuestro, en torno a la realización de la voluntad de Dios así en la tierra como en el cielo, una perspectiva universal que abarca todos los lugares y tiempos. En la realización de su plan salvífico, Dios nos toma en serio a nosotros y a nuestra libertad. Al que cree, puede habérsele dado la gracia, como a Jesús en el huerto de Getsemaní, de decir: ‘Padre, hágase tu voluntad’ (Lc. 22:42) y, con la vista puesta en la cruz y en el crucificado, aceptar con Jesús, como voluntad de Dios, la propia cruz, el propio dolor y la propia pasión, y aguantar en representación y sustitución de otros. Esta gracia solo se puede pedir. En tales situaciones, la oración ‘Hágase tu voluntad’ solo es posible como don de la gracia."

Danos hoy nuestro pan de cada día. "Solo en la segunda parte del padrenuestro, con la petición ‘Danos hoy nuestro pan de cada día’, llegan a expresarse nuestros deseos, necesidades y problemas terrenos. Con esta oración, Jesús no nos libera sin más de nuestras preocupaciones terrenas. El éxito y el rendimiento de nuestro trabajo dependen no solo de nosotros, sino también de la bendición de Dios. Por eso tenemos motivos para pedir nuestro pan de cada día. Por desgracia, hemos olvidado con frecuencia dar gracias por el pan diario. En la petición del padrenuestro no pedimos ‘dame mi pan’ sino ‘danos nuestro pan’, es decir, el pan que necesitamos cada día y que por eso tenemos que partir y repartir justamente. Cuando rezamos el padrenuestro, rezamos también para que, por encima de todas nuestras preocupaciones terrenas por el pan diario, no olvidemos el hambre y la sed del pan de vida eterna, grabados a fuego en nuestra alma de seres humanos: ese pan que es Jesús mismo y que Él nos da en la eucaristía".

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. "La petición del padrenuestro ‘Perdona nuestras ofensas’ conduce, una vez más, a un escalón más profundo de la realidad y de la miseria humanas. Nos pone ante los abismos de nuestra existencia humana y, al mismo tiempo, ante los abismos de la infinita misericordia de Dios y de su voluntad de perdón. Nos muestra cuál es la verdadera relación entre Dios y nosotros y cómo nosotros, ante Dios, solo podemos decir: ‘Señor, ten compasión’. El perdón es pura ‘merced’ y pura compasión; no podemos merecerla ni podemos expiar la culpa con esfuerzo propio. Pidamos en el padrenuestro para que Dios, con el perdón, nos conceda también la gracia de la disposición a perdonar."

No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. "En esta petición del padrenuestro pedimos a Dios: haz que estas tentaciones entendidas en el sentido de pruebas no se conviertan para nosotros -débiles seres humanos- en tentaciones de inducción al mal. Guíanos y protégenos en la tentación: no permitas que caigamos en la tentación. Si nuestra interpretación de la primera parte de esta última petición ha sido correcta, la segunda parte de la sentencia –‘y líbranos del mal’- encaja perfectamente. Pide que, en la prueba entendida como tentación, el mal no obtenga poder sobre nosotros, sino que Dios nos salve del mal. Pedimos que Dios fortalezca de nuevo para la lucha de nuestros miembros entumecidos, para que no caigamos en tentación, sino que seamos liberados del mal y, en nuestra vida y en nuestra actividad, nos abramos al reino de Dios y con nuevo impulso salgamos a su encuentro."

Porque tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria. "Ya muy pronto la Iglesia incorporó el padrenuestro a la liturgia y en el siglo II añadió a la oración del Señor la doxología veterotestamentaria ‘porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por toda la eternidad’ (1º Cr. 29:11). Esta doxología resume nuevamente, en forma de oración de alabanza, lo que en el padrenuestro se dice en forma de oración de petición. Tras la suplicante exposición de nuestros deseos terrenos, vuelve la oración a la primera parte del padrenuestro, a la alabanza del santo nombre de Dios y de su reino venidero, que encuentra su consumación cuando la voluntad salvadora de Dios se cumpla y Dios llegue a ser todo en todos. Todo el mundo pasa; el reino de Dios permanecerá para siempre. En la seguridad de esta confianza podemos orar el padrenuestro y decir sí y amén: ‘Así es, así sea. Amén’".

Quizás el atento, lector, no esté de acuerdo en la totalidad de los planteamientos del autor - es libre de discrepar-, pero la cuidadosa lectura y consecuente estudio de este libro será un excelente ejercicio para actualizar y reafirmar nuestro compromiso con las firmezas que se desprenden de la magnífica oración modelo que Jesús nos dejó a los creyentes de siglos posteriores, y seguirá enriqueciendo a generaciones venideras de cristianos comprometidos con el estudio y reconocimiento a la belleza de la palabra santa.

E.V. Giró

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