Busco tu rostro

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Cristina González Alba.
Desclée De Brouwer. Bilbao, Biskaia. 2020. 136 pp.

Desde la primera página del libro, la autora ya nos desvela el espíritu de la obra, que al mismo tiempo le sirve para escoger el título. Es la cita del Salmo 27:8, que se la personaliza de este modo: "Cuando dijiste: "Buscad mi rostro", mi corazón te respondió: "Tu rostro, Señor, buscaré".

Esta obra carece de introducción, porque nos parece que son producto de artículos para ser radiados. La autora bebe mucho de los escritores místicos en el desarrollo de sus catorce capítulos. Basa los mismos, tanto en versículos bíblicos, como en poesías o citas dispersas, (v.g. De los Padres del Desierto).

El primer capítulo se denomina igual que el libro y en él nos increpa para que nos examinemos hasta saber, que tanto ponemos de nuestro empeño en la búsqueda del rostro de Dios, a fin de desarrollar una vida espiritual y hallar recursos para la oración. Y añade en el siguiente: "No hay vida espiritual sin momentos de intimidad con Dios". Sigue con la cita en Mt. 4:1-2 y lo designa: "Orar "para nada", para llamarnos a, "experimentar el desierto, orar en el desierto, orar con nada", (más adelante dice: "orar sin nada", que quizás hubiera sido mejor título, o más aclaratorio, para el capítulo). Desierto significa: "Dios proveerá", oración descarnada, sin adornos. Sin coberturas. Experimentando la presencia del Padre como único consuelo, su maná como único alimento".

Avanzando, nos expone: "Nos seduce la creación", porque percibimos su belleza por la capacidad que nos confiere el creador, y ahí nos habla de la "Trinidad: belleza, bondad, verdad. La bondad del Hijo nos atrae a través de su vida. La belleza del Padre nos seduce a través de la creación. La verdad del Espíritu Santo nos convence a través de la oración". Luego, en el capítulo: "Como si fueran personas", nos refiere la cita de Oseas 11:3-9, diciendo: "Una de las preguntas que en ocasiones nos hacemos para analizar el calor, la frialdad o la tibieza de nuestra vida de oración,  cómo es nuestro trato con Dios. Cómo lo tratamos: como amigo, como padre... Si buscamos en él respuestas, consuelo... Si lo contemplamos en silencio o dialogamos con él... Este texto de Oseas da la vuelta a nuestra pregunta: ¿cómo nos trata Dios a nosotros? ¿Cómo nos sentimos tratados por Dios? ¿Sentimos su cuidado, su  ternura? ¿Sentimos que su trato es personal? Como si fueran personas... Así dice Oseas que Dios nos trata. Como si fuéramos personas... El texto no deja de llamar la atención ¿Cómo habría de tratarnos si no? ¿Es que no somos personas? Estamos tan acostumbrados a creernos el centro y referente de nuestra vida, a creer al hombre el centro y referente del universo, que quizás no hemos entendido nunca que ser persona es ser en relación a Dios. Somos personas, pero no por nosotros mismos ni en nosotros mismos. Somos personas en la medida en que nos asemejamos a Dios. En la medida en que él nos trata como a tales. Somos personas porque Dios es persona y nos hace partícipes de su ser personal. No olvidemos que somos barro sobre el que Dios insufla su aliento, y a partir de ahí nos convertimos en seres vivientes. En personas semejantes a él. Somos nosotros los semejantes a Dios y no Dios el semejante a nosotros".

En "Una palabra basta", la declaración del centurión ante Jesús, habla de la potencia de la palabra en la creación, donde Dios, hace aparecer un universo de la nada, y que en el principio era la palabra, y añade: "Descubrir la palabra. Subrayar la palabra. Respirar la palabra. La oración es la respiración del alma. Respirar el nombre de Jesús. Es el consejo que dan los  Padres del Desierto a la persona que desea iniciarse en la oración". Orienta  al lector en la búsqueda de una palabra que le sirva de inicio del tiempo personal de oración, para que Dios nos llene. "Oremos en parábolas, pero siempre girando alrededor del eje de la palabra. Una lectura pausada de las escenas evangélicas nos ayuda a descubrir más matices, más contrastes, más tonalidades. Orar en parábolas es orar con la imaginación. Empatizar con la palabra de Dios. Entremos en los evangelios con los sentidos abiertos. Paseemos entre sus páginas. En sus escenas no solo hay enseñanza, también hay belleza. Dios es, ante todo y sobre todo, lo bello. En lo divino la estética supera la ética. Cuando buscamos la belleza encontramos la bondad. Ese rostro de Dios que buscamos es bello, está en lo bello. Y porque es bello es bueno. Busquemos la belleza en las Sagradas Escrituras. Antes de meditarlas imaginemos los paisajes, sonidos, olores y sabores que envuelven sus relatos. Toquemos, acariciemos, sintamos... Contemplemos, imaginemos...".

Y llega al ejemplo de "El Veronés", que tardó quince años en pintar su obra más famosa, Las Bodas de Caná. "Quince años con la escena evangélica interpelando su alma, abriendo su corazón, moviendo sus dedos. Quince años escudriñando hasta el último detalle de la escena. Quince años disfrutando de su contemplación. Quince largos años hasta terminar su obra. ¿Nos cansa a nosotros contemplar las escenas bíblicas? ¿Nos aburre? ¿No entendemos? ¿En qué estamos fallando? ¿Por qué las leemos deprisa y pasamos a la siguiente sin disfrutarla, sin inducir de ella nada más que lo obvio, lo de siempre? No nos conformemos con poco. Quince años pasó el Veronés imaginando cómo sería finalmente el lienzo. Quince años imaginando su rostro. ¿Nos imaginamos cómo serían quince años contemplando únicamente la escena de las bodas de Caná? Eso hizo el artista veronés. Y por si eso fuera poco, y por si no fueran suficientes quince años de contemplación, entró en la escena para verla mejor. Entró en el cuadro. Se autorretrató en medio de la escena, entre los músicos, y se puso a tocar la viola. Como si para plasmar esa escena en el lienzo hubiera tenido que vivirla desde dentro, ver sus colores, oír sus sonidos, mirar a los ojos de los personajes, oler el buen vino. Tocar. ¿Y nosotros? La hemos leído de pasada. Sin pena ni gloria." Nos parece interesante empujarnos hasta llegar a poder introducirnos miméticamente en las acciones bíblicas, para sentirnos plenamente identificados con el entorno, y extraer de ello lecciones, obras que nos hagan crecer en nuestra vida espiritual y eleven acciones de gracias, sentidas oraciones al Dios de toda misericordia y bondad, por sus cuidados continuados. Sin abandonar, en ningún momento, la antigua práctica de la Lectio Divina (lectura divina), que consiste en leer lenta e inteligentemente, en oración, la Santa Escritura como medio para escuchar la voz de Dios. Que nuestra poca capacidad para entender completamente a nuestro, Dios infinito, no impida nuestra búsqueda de saber más y más de quien, en su amor inagotable, anhela relacionarse personalmente con cada uno de nosotros.

Los editores nos dicen de la autora: Cristina González Alba nació en Sevilla. Estudió la carrera de Derecho en la Universidad Hispalense, donde ahora ejerce su profesión. Durante veinte años vivió en  distintas ciudades de Argentina. Trabajó como abogada en Bahía Blanca y ejerció la docencia en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales en la ciudad de Río Grande.

Extrañamos, que en un escrito que se nos anuncia como "Recursos espirituales para orar", no se dedique un capítulo a la oración modelo que Jesús, en respuesta a la inquisitoria petición de los discípulos "Enséñanos a orar", les dictó: "Padre nuestro", pedagogía del gran Maestro, para todas las oraciones de sus seguidores. Como nos recordaba en su título, un libro tristemente desaparecido: "La oración. El hálito vital del creyente", nos lleva a pensar en el movimiento de oración que se expandió en los años setenta, como resultado de la llama que se encendió en Corea varias décadas antes, llamaradas de oración que afectaron a todas las denominaciones de todos los continentes. Pero hoy, necesitamos más comprensión y no más conocimiento. Tenemos tanto conocimiento que nos estamos confundiendo. Necesitamos una unión de la teología y de la experiencia en esta área. Un ejemplo bíblico lo hallamos en Daniel, él entendió que debía involucrarse cuando dijo: "Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza" (Dn. 9:3). Paul E. Billheimer dice: "Evidentemente Daniel se dio cuenta de que la intercesión tenía un papel que jugar en el cumplimiento de la profecía". A eso debemos aspirar en este tiempo, ser herramientas para que Dios sea glorificado también en la tierra, y el sacrificio glorioso de Jesús, llegue a muchos de nuestros conciudadanos, por los cuales estamos intercediendo a través de la oración elevada con seriedad.

E.V. Giró

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