La sabiduría de los Salmos

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sabiduriaRomano Guardini.
Desclée De Brouwer. Bilbao, 2014. 170 págs.

Últimamente, parecería que se está recobrando el interés por los Salmos en nuestras latitudes. La editorial Verbo Divino ha celebrado un curso de verano Curso Palabra-Vida 2014, con el colombiano Fidel Oroño quien fuera Presidente de la Asociación de Escrituristas de Colombia, de 2005 a 2011, con el enunciado: Construir la vida y la fe desde los Salmos. Aproximación a los Salmos como itinerarios narrativos. La editorial San Pablo ha editado: Los Salmos. Las oraciones sugeridas por Dios, y Los Salmos para niños. La Biblioteca de Autores Cristianos ha puesto en circulación: Los Salmos, oraciones de cada día. La obra de José Antonio Pagola: Salmos, para rezar desde la vida, está por la 9ª edición. La propia DDB ya sacó: Los Salmos hoy, y ahora nos regala con esta importante obra.

Romano Guardini nacido en 1885 y fallecido en 1968, fue docente en las universidades de Bonn, Berlín, Tubinga y Munich, donde ocupó la cátedra de Cosmovisión cristiana y filosofía de la religión. Desde hace unos años su pensamiento ha vuelto a cobrar vigencia, pues se trata de un autor que supera las barreras de espacio y tiempo. En un tiempo en que los límites de lo realizable se hacen cada vez más claros, muchas personas se preguntan por las raíces de la existencia. Las preguntas por el origen y el fundamento de la vida están pasando de nuevo a ocupar más el centro de la reflexión. Romano Guardini intentó señalar una respuesta a esas preguntas en textos clásicos y siempre actuales que ofrecen orientación a los que buscan tanto en las preguntas como en la oración. El conocido filósofo de la religión alumbra una importante fuente de la espiritualidad cristiana en «La sabiduría de los salmos». En los Salmos, tan diferentes entre sí, puede llevarse ante la presencia de Dios toda alabanza, toda pasión y toda rabia. No por eso se toca la libertad de Dios: él es siempre el Señor y el Juez. En este encuentro frente a frente está el fundamento de la liberación humana.

En los salmos, voces elementales tanto humanas como religiosas se conjugan en un fuerte acorde con motivos fundamentales de la Revelación. El hecho de que pertenezcan a una época pasada no hace más que tornar más penetrante su sonido. No en vano se han convertido en la materia básica de los textos litúrgicos. Por eso, ciertamente no será inútil reflexionar sobre algunos de ellos en busca de esos elementos y, así, aproximarlos a la comprensión de nuestro tiempo. De la Nota preliminar.

Los Salmos forman un libro del Antiguo Testamento situado entre los escritos de los profetas y los libros sapienciales y que consta de ciento cincuenta poesías religiosas: textos litúrgicos, oraciones personales, meditaciones y poemas didácticos. Se los ha reunido a lo largo de un extenso período de tiempo. Su extensión es muy variada. También el contenido de los salmos es variado. Están los que dan gracias por peticiones que se han cumplido; otros rebosan de júbilo por la gloria del mundo divino;  en otros, a su vez, se expresa la consciencia de una gran culpa. Algunos surgen de una dificultad inmediata, por ejemplo, del acoso por enemigos o de un golpe del destino que se ha sufrido. Otros, a su vez, tienen carácter meditativo, reflexionan sobre las obras de Dios en la naturaleza, o sobre el poder con el que ha conducido la historia de su pueblo, o sobre la sabiduría de su ley, que ordena la vida de los creyentes. Así pues, reina en los salmos una gran variedad, pero todo está unido por algo común: tratándose de oraciones: son palabras que brotan de un corazón creyente y que ponen en presencia de Dios las cosas que acontecen en la vida.

Nos preguntamos, pues: ¿qué significan los salmos para nosotros, para nuestra vida? Se ha dicho que son poesías maravillosas: que la belleza de su lenguaje, la fuerza de sus imágenes, operan aquella elevación del corazón que solo puede suscitar el arte de gran nivel. Es verdad, pero solo hasta cierto punto. Los salmos son palabra de Dios; palabra que él pronuncia en la medida en que un hombre poseído por él dice su propia palabra humana. De ese modo son revelación que conduce a la salvación.

Pero lo son de una forma especial: la de la oración. Los salmos no provienen de la vivencia de un espíritu humano, por ejemplo, de la de un profeta, que ha reconocido la verdad divina y dice, entonces: «Así habla el Señor», a pesar de que este elemento interviene no pocas veces. Por regla general, los salmos surgen del sobrecogimiento interior de un ser humano que se dirige a Dios en la oración,  sea como individuo o en comunidad. Así, la forma en que se deben captar propiamente los salmos no es la de la lectura o de la reflexión sobre ellos, sino la de dejarse introducir en su movimiento hacia Dios. Aquel a quien se dirigen los salmos es el Dios viviente, que está por encima del mundo entero. Extractado de la introducción: El espíritu de los salmos.

Sus muchos años de profesor le juegan una mala pasada al desarrollar sus meditaciones, puesto que se le transforman en completos estudios. Veamos un pequeño ejemplo del salmo 91, «Cobijo en Dios». El salmo 91 es uno de los más bellos, si es que acaso tiene sentido hablar de más o menos bello con relación a palabras en las que habla Dios. Cuando el lector entra en el salmo se le abre un espacio en que percibe una presencia silenciosa que es todo poder y toda bondad. Es tomado de la mano y se le enseña cómo puede ponerse en avenencia con ese poder bondadoso. Y, si ese acompaña, está, entonces, cobijado. Dos breves indicaciones con el fin de facilitar su comprensión. En el salmo aparecen tres personas, si acaso es lícito contar de esa manera. En seguida veremos el porqué de esta reserva. Primeramente está el que habla. Ha hecho una profunda experiencia y habla desde ella con autoridad sobre la vida, su penuria y amenaza, Habla también de lo que sucede cuando el hombre se relaciona con Dios en una confianza viva. Está,  después, el segundo. Este no habla, sino que escucha. Pero sabemos cómo la palabra que uno pronuncia solo se completa a partir del corazón y de la mente de quien la escucha. De ese modo, tendría que haber también aquí una escucha buena y profunda en virtud de la cual la palabra de la primera persona alcanzara su plenitud. Y, si leemos correctamente el salmo, diremos -dirá el que lee-; soy yo mismo el que escucha. y se esforzará por acoger lo que escucha en lo profundo del corazón. Finalmente, en los tres últimos versículos habla otro más, y este es, absolutamente, el verdadero y propio, aquel que por esencia tiene el derecho de hablar: Dios. Él confirma que lo dicho por el primero era correcto. Pero hay algo más que señalar. El salmo está constituido por puras imágenes. A cada una sigue siempre otra, pero las muchas imágenes dicen todas lo mismo. Hablan de la tribulación de la vida, de la confianza de aquel que verdaderamente cree y de la infalible bondad del Dios poderoso. Pero las imágenes no se entienden por el hecho de que se las convierta en conceptos. Hay que tomarlas como lo que son: justamente como imágenes. Hay que evocarlas ante la mirada interior, adentrarse en ellas, palparlas en su integridad. Después se experimenta su mensaje. Pero esto no es posible si el lector pasa rápidamente a través de ellas. Tiene que ir despacio, detenerse una y otra vez, depositar las propias tribulaciones en las imágenes y recibir realmente las palabras, que llegan hasta él con tanto poder de consuelo, como dirigidas a él mismo aquí y en esta hora.

Y ahora dice Dios: Se puso junto a mí, lo libraré. La fidelidad a Dios es fidelidad a aquel que es la fidelidad misma. De ese modo, la fidelidad es verdad, y la verdad no sojuzga, sino que libera. Lo protegeré, porque conoce mi nombre: esta palabra conduce a honduras cada vez mayores si se la sigue. Esto significa, para empezar, que aquel de quien se está hablando sabe distinguir al Dios viviente y su servicio respecto de los dioses de los mitos y cultos paganos. Y un segundo significado. El nombre de Dios es Dios mismo. Es así como Dios dice, acerca del santuario de Silo: allí hice que habitara primeramente mi nombre (Jer. 7:12). Y a David le dice; será él, tu hijo, quien construya una casa a mi nombre (es decir, el templo) » (2. Sm. 7:13). Por tanto, quien conoce el santo nombre, conoce a Dios, tiene familiaridad con él.

¿Hemos tomado consciencia alguna vez de cómo se llama Dios? Si le planteamos esta pregunta a alguien, en la mayoría de los casos se sorprenderá. ¿Acaso tiene Dios un nombre? Lo tiene, y él mismo lo mencionó en aquella hora en que el Antiguo Testamento comienza más propiamente: en el Horeb. Allí, él envía a un hombre, Moisés, a que vaya a Egipto y libere al pueblo. Moisés replica; Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan: Cuál es su nombre?, ¿qué les respondo? Dios dijo a Moisés: Yo soy el que soy; esto dirás a los hijos de Israel: Yo soy me envía a vosotros (Éx. 3:13-14). De modo que así se llama Dios: Yo soy el que soy. Ese es su nombre. En ese nombre se expresa primeramente la majestad que no asume nombre alguno que no provenga de fuera… Pero con él se dice también que Dios es el único que es real a partir de sí mismo y posee todo poder. Un abismo de nombre. Cuando nos ponemos de rodillas y rezamos nuestra oración, cuando lo hacemos como se debe, después de habernos recogido y alcanzado el silencio en nuestro interior -pues, de otro modo, no hay oración, sino una sucesión de palabras-, cuando, de esa manera, estamos en silencio vigilante y nos decimos a nosotros mismos: «Aquí está Dios», tú no puedes decir: Dios está aquí, y yo también. Porque, si él «está aquí», tú no estás «también», sino solo «frente a él». Entre vosotros está la insalvable distancia de su majestad. Entonces se puede obtener la gracia de experimentar el nombre de Dios. Este Dios que es pura realidad a partir de sí mismo y en sí mismo es el mismo con el que el salmo nos lleva a estar en avenencia. De ahí proviene después la gran confianza.

Es un salmo profundo y hermoso. Tal vez ya hemos sentido alguna vez el deseo de tener algunos buenos textos de oración para nuestro uso personal. A veces sucede que uno quiere orar y no sabe cómo. Y rezar siempre solo «un padrenuestro» no tiene tampoco mucho sentido. Por el contrario, pone en peligro la santa oración del Señor, embota el sentimiento para captar su misterio. En ese caso sería bueno que nos eligiéramos algunos salmos, que nos apropiáramos plenamente de ellos y, de ese modo, los tuviésemos a disposición para nuestra oración. El salmo 91, podría ser uno de ellos.

 E.V. Giró – Barcelona

 

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