¡Asómbrate! Ante las maravillas de Dios

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asombrateR.C. Sproul.
Tyndale, Carol Sream, Illinois, EE.UU. 2013. 192 págs.

Contra la idea que el título pudiera dar a entender, no es un libro de antropología, ni de historia natural; es una llamada a no perder el candor de la inocencia infantil en cuanto a su capacidad de asombrarse al descubrir las maravillas de Dios.

Estábamos tan habituados a recibir -de diferentes editoriales- materiales profundamente bíblicos y teológicos de la pluma de R.C. Sproul (v.g. Cómo defender su fe; El misterio del Espíritu Santo; Grandes doctrinas de la Biblia; Una Pasión Santa – Los Atributos de Dios: Escogidos por Dios; Cómo estudiar e interpretar la Biblia; Santidad de Dios); que ahora nos ha asombrado el contenido de este su último trabajo vertido al castellano. El mismo autor confiesa en la introducción: «Tiendo más a ser una persona que piensa que una que siente». No que no sea profundamente bíblico y no tenga sus partes teológicas, pero sí que es mucho más interior, donde vierte su interioridad y nos ofrece tiernos momentos familiares, -la muerte de su esposa y de su hija Shannon, que nació con «lisencefalia», que significa literalmente: «cerebro liso» (no tenía las arrugas que estamos acostumbrados s ver en las fotografías o ilustraciones médicas)- con las cuales tuvo que convivir, y de las que extrae preciosas lecciones espirituales a aplicar a nuestra vida cristiana diaria en la presencia de Dios, «ella, Shannon, no es solo mi hijita; ella es mi hermana mayor; ella es la que camina más cerca con nuestro común Hermano mayor; ella me enseña quién es él y cuán tiernamente nos ama a los dos; ella es la que me enseña a obedecerlo de la mejor manera, al confiar en su gracia, al maravillarme por su poder y al alegrarme en su amor; ella es la que me enseña a ser como un niño, a ser lo que nuestro Padre nos llama a que seamos».

Quizás, para refrendar lo que decíamos en cuanto a que no es un libro de antropología, ni de ciencias naturales, sería bueno transcribir los títulos de los 9 capítulos que contiene: Sorprendido por Dios; Las características de la inocencia; El llamamiento a confiar; El llamamiento al asombro; El llamamiento a agradar; El llamamiento a nuestro Padre; El llamamiento a la madurez; El llamamiento a la alegría y El llamamiento a la presencia de Dios. (El subrayado es nuestro).

Al comienzo del libro, en el apartado de: Agradecimientos, nos dice el autor: «De muchas maneras, este libro nació de la crianza de mis hijos. Es decir, quiero compartir con otros las lecciones que he aprendido de mis ocho hijos. El agradecimiento, entonces, tiene que comenzar con mi querida esposa. Mientras que mis hijos me demuestran cómo maravillarme, mi esposa es una maravilla. Las gracias también corresponden a cada uno de mis hijos. Cada uno de ellos es una alegría en nuestras vidas».

A menos que se aparten de sus pecados y se vuelvan como niños, nunca entrarán en el reino del cielo. (Mt. 18:3. (NTV). En ¡Asómbrate!, R.C. Sproul, nos pide que tomemos seriamente las palabras de Jesús: «Diariamente, observo que mis propios hijos son mis superiores espirituales. Cuando llega la nieve, mientras yo veo cristales de hielo, caminos resbaladizos y los elevados recibos de la calefacción, ellos miran asombrados por la ventana la creatividad de Dios. Cuando llega la noche y brillan las estrellas, mientras yo medito acerca de los átomos de hidrógeno que las conforman, ellos disfrutan de las esferas danzantes en celebración del Dios que las creó. Cuando nuestra familia se sienta a comer, mientras yo visualizo una cocina llena de platos para lavar, ellos ven el pan diario que les provee su fiel Padre celestial. ¿Por qué no desearía alguien volverse como un niño? ¿Por qué no querríamos aprender de nuevo a gritar de alegría frente a los deleites simples de la vida? ¿Por qué no reposar completamente en Dios, confiándole nuestras mañanas? Creo que esa era precisamente la idea de Jesús. ¡Si tan solo aprendiéramos a vivir de esa manera!»

1ª Juan 3 no termina en que somos los hijos amados del Padre. Más bien mira hacia el mismo futuro que anticipamos con esperanza. Se nos dice no solo lo que somos, sino lo que seremos. Llegará el día en que seremos como nuestro Hermano mayor, Jesús, el primogénito de muchos hermanos (v. 2). Llegaremos a ser más como niños en la medida que logremos una mejor comprensión de lo que significa que, en efecto somos sus hijos. Él nos ha rescatado. Él nos ama. Él nos ha adoptado como suyos. Él nos ha hecho herederos del reino. Él ha prometido dirigirnos por el camino correcto para que no lo abandonemos. Él ha prometido hacernos semejantes a él. ¿Cómo podemos desconfiar del amor de un Padre así? A medida que logremos una mayor semejanza con los niños, nos dará más gozo agradarlo y saber que somos el motivo de su sonrisa.

«Al inicio del libro sugerí que mientras que la mayor parte de nuestra atención se enfocaría en cómo llegar a ser más semejantes a los niños en el sentido bíblico, también dedicaríamos algo de tiempo para reflexionar sobre nuestra llamada a madurar. El Nuevo Testamento tiene muchos llamamientos a la madurez, a la plenitud. Si quisiéramos ser como niños, dispuestos a complacer, a confiar, también tendríamos el deseo de llegar a ser más maduros. Pablo hace uno de esas llamadas a la madurez en un contexto que resalta nuestro llamamiento permanente a ser aún como niños. Él escribe: Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo pensar (1 Co. 14:20). La madurez significa, en parte, aferrarse a las grandes verdades de las Escrituras que se han transmitido a través del tiempo. Significa reconocer que cualquier especulación que nos quite la vista de la provisión completa de Cristo para nosotros no solo está equivocada, sino que es peligrosa. Hace recordar la sabiduría repetida de Pablo, que cuando agregamos cualquier cosa a la obra de Cristo, quitamos la obra de Cristo. A medida que nos aferramos a las verdades de las Escrituras, vemos que esa Palabra madura en nosotros y que, al final, produce mucho fruto. Si alguien hubiera podido reclamar el título de «maduro» entre los santos del Nuevo Testamento, ese sería Santiago. Según la mayor parte de eruditos, la primera carta del NT que se escribió fue la epístola de Santiago. A pesar de haber negado a Cristo cuando era más joven, Santiago, medio hermano de Jesús, llegó a ser no solo creyente sino un gran líder de la iglesia primitiva. Presidió el concilio de Jerusalén que se convocó para tratar con el asunto de la circuncisión (Hechos 15). La tradición dice que se ganó el apodo de Rodillas de Camello porque pasaba tanto tiempo en oración que sus rodillas se deformaron, al igual que las de un camello. Él fue, en resumen, un padre de los fieles. En la carta de Santiago, al haber afirmado su posición como simple siervo de Dios y de Jesucristo, él rápidamente nos muestra el camino a la madurez. En Santiago 1:2-4, Santiago dice que el camino a la madurez espiritual son las pruebas»

E.V. Giró – Barcelona

 

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