El Espíritu Santo

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Sinclair B. Fergurson.
CEEB, PUBLICACIONES ANDAMIO. 2016, 289 pp.

Penúltima obra de la colección Biblioteca José M. Martínez. Aparte de que en la colección debía incluirse un libro de pneumatología, es un libro muy necesario porque la doctrina sobre la tercera persona de la Deidad sufrió muchas sacudidas en el siglo pasado: pasó de ser la persona olvidada de la Trinidad a colocarse en un primer plano gracias al pentecostalismo y al movimiento carismático, aunque más que un estudio serio y bíblico, fue una explosión de efervescencia experimental de los sentimientos, en vez de una reflexión serena de la tercera persona de la Trinidad y su obra. Este libro fue publicado originalmente en inglés para la serie Perfiles de Teología Cristiana, editada por Intervarsity Press. Escrito por el Dr. Sinclair Buchanan Fergurson, teólogo escocés, catedrático de Teología Sistemática en el Redeemer Seminary de Dallas, Texas y exministro de la First Presbyterian Church de Columbia (Carolina del Sur).

El libro consta de 11 capítulos, tratando la doctrina del Espíritu Santo desde una perspectiva bíblico-teológica y redentora-histórica. Evidentemente, el autor debe empezar por estas dos palabras: Espíritu Santo. Tanto en hebreo como en griego: Ruaj (hebreo), Pneuma (griego) y qadosh (hebreo), hagios (griego). Las palabras bíblicas para espíritu son términos onomatopéyicos y tanto su formación física como su sonido transmiten un sentido de su significado básico: la expulsión de viento o aliento, la idea del aire en movimiento. Si alguien piensa que el Espíritu Santo está prácticamente ausente del AT, que lea este libro y se dará cuenta de su error. El autor dice que el Espíritu Santo denota “la energía de la vida de Dios”, una frase que procede de Geerhardus Vos.

¿El Espíritu Santo es creador? En la teología cristiana antigua se interpretaba ruaj elohim, como una referencia al Espíritu Santo y su acción creadora, pero la exégesis actual lo cuestiona porque sería una hipostasización temprana de la doctrina de la Trinidad. Seguramente, a la luz de otros textos del AT, se entendería mejor como una acción regeneradora y no tanto creadora, cuando la tierra estaba desordenada y vacía. Traduce la BLP: la tierra era masa caótica y las tinieblas cubrían el abismo, mientras un viento impetuoso sacudía la superficie de las aguas (Gn. 1:2). Porque una cosa es el espíritu de Dios o la expresión Dios es espíritu y otra la persona del Espíritu Santo, distinto del Padre y del Hijo, aun siendo las tres personas un solo Dios. Para Ferguson, el Espíritu de Dios es Espíritu santo, pero no dice que sea el Espíritu Santo. El texto más claro del AT es Is. 63:7-14, en que aparece en dos ocasiones el nombre Espíritu santo y otra Espíritu de Yahweh. En las dos primeras, los traductores lo escriben en minúscula, menos la NVI que pone Espíritu en mayúscula y santo en minúscula. Es el texto que mejor expresa la hipóstasis en el AT. Defiende el autor el carácter hispostático y la deidad plena del Espíritu Santo. La relación de Jesús con el Espíritu Santo, la presenta Fergurson, a partir de Juan y también de Lucas y Hechos en tres etapas: 1) La concepción de María; 2) El bautismo de Jesús; 3) Resurrección y ascensión de Jesús. Esto le proporcionó la prerrogativa de enviar el Espíritu Santo, concediéndolo a su pueblo para dar entrada a la nueva era.

Acerca del término “economía” (de oikos, casa y nomos, ley) se usa en teología para referirse al plan salvífico de Dios revelado en la obra redentora de Cristo. Con relación al Espíritu se refiere a la obra de la tercera persona de la Trinidad que lleva a cabo el plan divino de la salvación (Gá. 4:6). El autor es teólogo y emplea palabras como esa, que hubiera convenido poner una nota a pie de página del traductor. Ocurre algo similar con la palabra “hipóstasis”, literalmente substrato, substancia, lo que hay debajo) y se traduce habitualmente por “persona” o sustancia”. En Dios hay tres hipóstasis en unidad de naturaleza, de dignidad e infinitud.

El capítulo seis dedicado a la regeneración es realmente magnífico y clarificador en un tiempo de devaluación  del mensaje del evangelio, complementado con el capítulo siete sobre la santificación. En el capítulo dedicado al Espíritu y el cuerpo, donde expone la relación con los sacramentos, cuando trata de la Cena del Señor enfatiza la presencia del Espíritu en su administración, rechazando tanto la interpretación católica del ex opere operato, como la evangélica memoralista. Claro que, con relación a esta última, pasa por alto la frase de la institución haced esto en memoria de mí (Lc. 22:19; 1 Co. 11:24).

En una época de controversia carismática es de agradecer el equilibrio con que el autor trata el tema de los dones para el ministerio, analizando todos los aspectos y argumentando sólidamente su posición sobre el asunto. Formula una pregunta que invita a la reflexión: “¿Demostrará ser uno de los enigmas de la vida de la iglesia contemporánea, cuando se contemple desde una era futura, que eran coincidentes una desaparición de la calidad y la confianza en la exposición de las Escrituras, y una fascinación por la inmediatez de las lenguas, las interpretaciones, la profecía y los milagros?”

La bibliografía al final del libro es presentada como lecturas suplementarias organizadas por temas. En resumen, es una obra de pneumatología distinta a las tradicionales sobre la persona y obra del Espíritu Santo, pero contiene los mismos temas aunque expresados de manera diferente. Sin lugar a dudas, se trata de un gran libro que se caracteriza por su profundidad teológica, pero también por su fundamento bíblico consistente. Su lectura es altamente edificante.

Pedro Puigvert

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