Plegarias desde el vacío interior

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Antonio Díaz Tortajada.
Editorial Desclée De Brouwer. Bilbao, Bizkaia. 2019. 160 págs

Antonio Díaz Tortajada, es sacerdote, tiene estudios de Teología y Periodismo. Es fundador de la emisora católica «Radio Luz de Valencia». Ha ejercido el periodismo en RNE, en la Cadena COPE y en diversos medios escritos. Además de ejercer el ministerio en varias parroquias de Valencia, actualmente es párroco de San Mateo Apóstol y Delegado Episcopal de Religiosidad P0pular. Es autor de diversos libros de espiritualidad.

El autor, como queda dicho anteriormente, experto comunicador, nos expone con fina prosa, rayando la poesía, veinte plegarias de variadas temáticas y extensiones dispares; pero lo que más nos resalta es su testimonio personal, que no podemos resistirnos a reproducir a continuación: «He recorrido un largo camino. Me siento privilegiado y agradecido con el buen Dios. Ha sembrado en nosotros el deseo de buscarle y es lo que he intentado de hacer en estos años. Imagino esta búsqueda del Señor como una montaña que debo escalar. Es muy empinada y muchos caen. Yo con ellos. ¿Has visto en las películas a los escaladores unidos por una gruesa cuerda? Así subimos esa montaña. A medida que nos acercamos a la cima cada paso cuesta más. Sentimos deseos de rendirte y regresar, pero algo en nuestro interior nos grita: «Vamos. Nunca te rindas. Toma las fuerzas que necesitas».

“Un día, estando en este afán, me senté a reflexionar y nos dimos cuenta de algo fundamental: Sin la oración estamos perdidos. La oración sacia la sed interminable que tiene el alma por Dios. La oración nos da serenidad. Es como la suave brisa del verano que nos refresca en medio del calor agobiante. De pronto llega, nos envuelve y nos llena de alegrías y esperanzas. Comprendí por qué nuestra debilidad espiritual, por qué pecaba con tanta facilidad. No era un hombre de oración. La oración no formaba parte de mi agitada vida. Me dije: «¿Cómo vivir en paz si tú no habitas en mi corazón?»

Decidí cambiar esa situación y acercarme más a ti, buscarte para conocerte; y conocerte para amarte. Y lo hice a través de tu palabra y de la oración. Hay un deseo profundo en nuestra alma, que solo tú puedes calmar. Empecé a buscarlo sin tener respuestas, hasta que comprendí algo que una vez experimenté: Orar es estar en tu presencia desde la quietud. La palabra de Dios, nos asegura que, si estamos en sosiego, lograremos conocerle; pero llegar a la quietud… es más fácil decirlo que hacerlo. Como Blaise Pascal aseguró una vez: «Todas las miserias de la persona humana vienen de que nadie puede permanecer en sosiego durante una hora».

Lograr la tranquilidad parece que está más allá de nosotros mismos, y esto nos deja con un cierto dilema: Necesitamos quietud para encontrar a Dios, pero necesitamos su ayuda para encontrar la quietud. Con esto en mente, ofrezco una oración por la quietud. Pidamos al Señor calma para nuestro corazón para que podamos saber que él es Dios, para que podamos saber que él crea y sustenta cada aliento nuestro, que en cada segundo llama a la existencia al universo entero -yo mismo no menos que todos los demás soy tu amado- que quieres que nuestra vida florezca; que deseas nuestra felicidad, que nada cae fuera de tu amor y cuidado, y todo y todos están seguros en tus amorosas y cuidadosas manos, en este mundo y en el futuro. Desde entonces, algunas cosas han cambiado en mi vida. Disfruto mucho orando, siento que estoy en la presencia amorosa del Dios que es amor, que tú me escuchas y que te manifiestas como Padre. Y te preocupas por mí.

Cuando uno empieza a orar, crece en nosotros como un deseo interior de estar a solas contigo. Y comprendo por qué dijiste: Pero tú, cuando ores, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará (Mateo 6:6).

Nos encanta esa parte en que nos asegura: Tu Padre que está allí, a solas contigo. Mientras escribo estas «Plegarias desde el vacío interior» me brotan del alma estas palabras: «Gracias Padre por amarnos tanto».
Del Prólogo.

E.V.Giró

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