Homolías sobre la carta a los Romanos

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Juan Crisóstomo. Tomo/1 (2018 – 448 págs.) Tomo/2 (2019 – 368 págs),
Editorial Ciudad Nueva, Madrid.

El Diccionario de Pensadores Cristianos, nos presenta Juan Crisóstomo así: «Monje, predicador, teólogo y obispo, a quien por su elocuencia se le ha llamado «boca de oro» (Crisóstomo).» Luego afirma que es: «Famoso por sus sermones, Crisóstomo ha sido quizá el escritor más fecundo de la Iglesia griega (al menos por sus obras conservadas), y termina la lista de sus obras exegéticas… «55 Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles que datan del 400 y son el único comentario completo sobre los Hechos en los diez primeros siglos; 32 Homilías sobre la epístola a los Romanos». Hemos de destacar que siempre que se consulta alguna obra sobre Patrología, todos destacan las 32 Homilías sobre Romanos. Pero nos asombra, que se haya tenido que esperar a esta edición, que comentamos, para tener por primera vez una traducción al castellano.

El autor de la introducción, traducción y notas, Marcelo Merino Rodríguez, nos presenta estos dos volúmenes, así: «El orador antioqueno apodado Crisóstomo, es decir «boca de oro», comentó la Carta a los Romanos durante distintas celebraciones litúrgicas y ha llegado hasta nosotros en treinta y dos homilías predicadas a finales del siglo IV en la ciudad de Antioquía. Por la extensión de dichas homilías, su traducción al castellano ocupa dos volúmenes. Las quince primeras que comentan los ocho primeros capítulos de la carta paulina, en el primer volumen. El escrito paulino que ocupa al Crisóstomo en estas homilías ha gozado siempre de la mayor importancia en la historia de la exégesis e igualmente en las discusiones teológicas de todos los tiempos. No es de extrañar que el célebre predicador antioqueno pusiera las ideas paulinas en el centro de su quehacer pastoral en los primeros años de su ministerio sacerdotal y las convirtiera en el objetivo de la elegancia y la perfección de su oratoria. Las quince primeras homilías del Crisóstomo abordan los temas más importantes de la Carta a los Romanos de san Pablo, junto a expresiones típicamente paulinas como «Evangelio de Dios, o el significado de «mensajero de Dios», «el justo vive de la fe»,  etc. Y entre los conceptos explicados cabe destacar el de la idolatría, la paciencia de Dios, el pecado original, la justificación, la gracia divina,  etc. El segundo volumen contiene las últimas  diecisiete homilías del Crisóstomo, que explican a su vez los ocho últimos capítulos de la carta paulina. Estos comentarios del Crisóstomo presentan exhortaciones y lecciones doctrinales que emanan de las ideas paulinas que ofrecen los últimos capítulos de su Carta los Romanos. De esta manera fluyen de forma natural las enseñanzas dogmáticas y morales que evidencian tanto san Pablo como el Crisóstomo. La universalidad de la salvación obrada por Cristo, la importancia de la fe y del obrar humano, los motivos de la reprobación divina, la sumisión ante las autoridades legítimamente constituidas, algunas observaciones sobre los alimentos y otras muchas consideraciones paulinas constituyen el centro de la predicación del Crisóstomo, que el lector encuentra en las presentes homilías. Como ejemplo de la oratoria de este padre de la Iglesia en Oriente tenemos esta frase: «No digas: no puedo acercarme a los que me odian, sino di mejor: no puedo rechazar a los que me rechazan. Estas últimas palabras son las del cristiano; las otras hacen al que las pronuncia discípulos del diablo».

Unas pequeñas muestras del contenido de las homilías: «El Crisóstomo, en su Homilía XX (Ro. 12:1-3) comenta únicamente tres versículos de la Carta a los Romanos de san Pablo, donde el apóstol de los gentiles alienta al cristiano a convertir su propio cuerpo en sacrificio vivo a Dios. San Pablo dirá que hay que transformar ese cuerpo renovándolo mediante el Espíritu. El Crisóstomo recordará en qué consiste esa renovación, indicando que la virtud no es únicamente una figura que ha pasado, sino una forma verdadera que permanece. Mientras que el apóstol utiliza un lenguaje sencillo y humilde, para resaltar más la soberanía de Dios y para recordar sus bienes, antes que sus leyes y preceptos, el orador antioqueno proclama «que lo que es útil para nosotros es lo que Dios desea, y lo que Dios quiere es lo que entraña utilidad para nosotros»; y se pregunta: «Así pues, ¿qué es lo que Dios desea? Una vida de pobreza, en humildad, en desprecio de la gloria, en templanza, no en refinamiento, sino en aflicción, no en descanso, sino en duelo, no en disipación y risa, sino en la práctica de todas las demás cosas que nos ordena. Ahora bien, la mayoría presiente estas cosas, y así prescinden de ellas pensando que son útiles y voluntad de Dios».

En la segunda parte de la Homilía XXVIII, el orador antioqueno detalla las maneras que tiene el cristiano de atraerse al Espíritu Santo: las buenas obras y el canto de los Salmos. La conclusión parece evidente: «Entonemos, pues, el cántico de las obras, para que alejemos el pecado peor del diablo… No hay nada insignificante, pues si enseñamos a la lengua a cantar, cantando la lengua el alma se avergonzará de querer lo contrario». La parte parenética de esta homilía está consagrada a motivar la lectura del libro de los Salmos, «que está repleto de innumerables bienes: «Si caes en tentación, hallarás una gran facilidad allí; y si caes en pecado, encontrarás innumerables remedios allí establecidos; si te encuentras en pobreza y angustias, verás muchos puertos; si fueres justo, gozarás allí de una gran seguridad; y si eres un pecador, (gozarás) de un enorme alivio». Ciertamente el libro de los Salmos es un auténtico tesoro espiritual.

La Homilia XXXI (Ro. 16:5-16) comienza con una advertencia del orador antioqueno a su auditorio: «Pienso que muchos de los que parecen ser más diligentes pasaron por alto esta parte de la carta, teniéndola como superflua y nada importante; estimo que a esos les ha sucedido lo mismo con la genealogía que aparece en el Evangelio; porque ciertamente es un catálogo de nombres, piensan que no se encuentra nada importante de provecho… En verdad se puede encontrar un enorme tesoro a partir de esos simples nombres». De esta manera el Crisóstomo va recorriendo algunos de los nombres de varones y mujeres que se mencionan en la carta paulina, añadiendo numerosos detalles piadosos a algunos de ellos. Y termina con esta pregunta oratoria: «¿Cuántos tesoros habríamos pasado por alto, digo yo, si no hubiéramos examinado esta parte de la Carta con el rigor de que somos capaces?»

El comentario del Crisóstomo a la Carta a los Romanos del apóstol san Pablo termina con la Homilía XXXII (Ro. 16:17-27), que como dice el mismo orador antioqueno se compone de una exhortación y de una oración. La exhortación es la unidad entre todos, «porque la mayor ruina de la Iglesia es la división; ese es el instrumento del diablo, esa es la causa que lo remueve todo de arriba abajo». En efecto, la disensión doctrinal engendra el escándalo, y esta verdad es la que predica el apóstol de los gentiles por doquier, con su afabilidad característica, explicará el antioqueno, y que es totalmente distinta a la dulzura funesta de las personas sensuales que llevan por malos caminos a sus seguidores mediante halagos. En las palabras de san Pablo la oración y la profecía caminan unidas con la acción, recuerda el Crisóstomo: «Esto constituye el arma mejor, el muro infranqueable, la torre inquebrantable»; en el de Tarso la oración siempre va unida a la acción y viceversa, pues necesitamos actuar por nosotros mismos -concluye el de Antioquía- y a la vez ser asistidos por Dios.»

Muchos desearían encontrar más exégesis en estos escritos del Crisóstomo, pero debemos contar con el estilo literario de una homilía, que es: una plática para comentar las lecturas bíblicas durante la celebración eucarística.

E.V. Giró

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