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EL REMANENTE DE ISRAEL (Ro. 11:1-27)
El concepto de iglesia, en tanto que pueblo de Dios parte del AT y es llamado ekklesía (He. 12:23). Meditando sobre ello, me llevó a otra idea bíblica que no es muy citada: el remanente o resto de Israel. El apóstol Pablo expone en este capítulo tres cosas fundamentales:a) que la exclusión de los judíos en cuanto al número no es total (1-10); b) que por la trasgresión de los judíos vino la salvación a los gentiles (11-20); c) que la exclusión de los judíos en cuanto al tiempo no es final (21-27).
El rechazo de los judíos no es total (vv.1-10) El apóstol formula preguntas retóricas que le permiten desarrollar el argumento introduciendo la idea del remanente que es crucial en todo el capítulo si queremos entender algunas cosas difíciles, como decía Pedro, al referirse a escritos de Pablo. La salvación de los judíos (1-6). Dios se reserva siempre un remanente, como en los tiempos de Elías: me he reservado siete mil hombres que no han doblado la rodilla delante de Baal (v.4). Pero debemos tener presente que este remanente salvo lo es solamente por la gracia de Dios (v.5) no por pertenecer a una determinada raza. Cuando hablamos de la salvación de los judíos muchas veces perdemos de vista este hecho y creemos que por el mero hecho de pertenecer a Israel ya son el pueblo de Dios y no es así. Para ser pueblo de Dios todos, judíos y gentiles tenemos que arrepentirnos y creer en Cristo para recibir la salvación. La pregunta del versículo primero debe ser contestada negativamente, como lo hace Pablo. Él también era israelita de la descendencia de Abraham y de la tribu de Benjamín. ¿Y que había hecho Pablo? Cuando el Señor fue a su encuentro en el camino a Damasco tuvo que reconocerse pecador y creer en Cristo. Como él otros israelitas han sido salvos acogiéndose a la gracia de Dios. Eso sucedió entonces, a lo largo de los siglos y sucede hoy, cuando ha habido y hay un remanente de judíos que han creído en Cristo y son salvos escogidos por gracia, de la misma manera que los gentiles (v.5). La frase “aun en este tiempo” indica la gravedad de aquella hora, el primer siglo, cuando se produjo el rechazo de la nación (Mt. 21:43) por su incredulidad. 1.2. No todo Israel es Israel (vv. 7-10). Es decir, no todos los judíos pertenecen al pueblo de Dios como ya dijo Pablo en 9:6-8. Israel no alcanzó lo que buscaba, su propio camino de salvación por las obras, pero los escogidos sí lo han alcanzado. ¿Qué significa esto? Que existe un contraste radical entre Israel como etnia, pueblo o nación y los judíos como individuos, como personas que necesitan ser salvas. El apóstol se apoya otra vez en el AT para fundamentar sus enseñanzas. Ahora cita el Sal. 69:22-23 para indicar como la palabra del evangelio tiene un doble efecto en los judíos: a unos salva y a otros los endurece, como ya estaba profetizado.
La trasgresión de los judíos y la salvación de los gentiles (vv.11-16) La salvación de los gentiles. En la sabiduría infinita de Dios, la incredulidad de Israel servirá para promover la salvación de los gentiles. Esto a su vez provocará los celos de los judíos para hacer salvos a algunos de ellos (v. 14). Hay una alternativa de traducción más exacta para el v. 12: “y si su caída ha sido una riqueza para el mundo, y su mengua riqueza para los gentiles, ¿Qué no será su plenitud”. La clave aquí es el término plenitud (pleroma en el original) que en su acepción escatológica se refiere al número total de los que han de ser salvos hasta el final de los tiempos, es decir, el conjunto de los diversos remanentes de cada período histórico. La admisión de los judíos a la fe nuevamente, representará “vida entre los muertos” (Ef. 2:1 y Col.2:13). Como escribe Hoekema: “No hay necesidad de limitar esta admisión a un periodo de la historia cercano al fin de los tiempos; la admisión por parte de Dios de todos los israelitas creyentes a través de la historia es por cierto “vida de entre los muertos” y será así siempre”.
El verdadero pueblo de Dios es uno (vv.17-27) A partir de ahí, Pablo procede a elaborar la figura del olivo, como un árbol que representa al verdadero pueblo de Dios, la iglesia. Desgajados e injertados (vv.17-24). Los gentiles no debemos jactarnos de nuestros privilegios, ya que de ninguna manera se debe a nuestra superioridad o a nuestros méritos pertenecer a la iglesia de Dios, al haber sido injertados en el olivo del pueblo de Dios. Los judíos fueron desgajados por su incredulidad y los gentiles fuimos injertados únicamente por la fe. Ahora bien, los judíos serán injertados de nuevo si abandonan la incredulidad, es decir, si reconocen por fe la obra de Cristo para constituir con nosotros los gentiles creyentes un solo pueblo sin barreras (Ef..2:13-16). Lo que llama la atención, a tenor de la doctrina dispensacionalista, es que Pablo no presenta la figura de dos olivos, Israel y la Iglesia, sino de uno solo. ¿Cuál es su significado? No solamente que judíos y gentiles somos salvos del mismo modo, por la fe, sino también, una vez salvados, pasamos a formar parte del mismo organismo vivo, llamado aquí olivo. Todo pensamiento de un futuro por separado, de una clase de salvación diferente para unos y otros, o de un organismo espiritual por separado para los judíos salvos, queda aquí excluido. Veamos de nuevo lo que dice Hoekema: “Su salvación es aquí descrita en términos de llegar a ser uno con la totalidad de los salvos del pueblo de Dios, y no en términos de un programa aparte para los judíos”.
La exclusión de los judíos no es final (v.25). En este v. nos encontramos de nuevo con el término “plenitud”. El endurecimiento afecta solamente a una parte de Israel. Hay una “plenitud” de Israel (v. 12) exactamente como hay una “plenitud” de los gentiles (v.25). Tanto en uno como en otro caso se trata siempre del número total de los salvados, tanto de unos como de otros. Esta plenitud no quiere decir que todos los gentiles van a ser salvos ni que todos los judíos lo serán también. Es la plenitud de los salvados de entre los judíos y de entre los gentiles. Pablo tiene delante de sí un proceso histórico, el camino de salvación es idéntico para judíos y gentiles y la admisión de los judíos es siempre como la de los gentiles (vida entre los muertos). Al comienzo, hubo algunos judíos que fueron salvos. Pero luego Israel se endureció y el evangelio fue llevado a los gentiles. Dios utilizó la trasgresión de los judíos para cumplir sus propósitos originales revelados primariamente a Abraham en relación con la salvación de los gentiles (Gá. 3:8). De modo que el rechazo de los judíos no es total ni definitivo, al menos por lo que hace a los individuos, puesto que un remanente se salvará.
La salvación del todo Israel (vv.26-27). El v. 26 ha sido objeto discusión debido a una traducción incorrecta y al juego que le ha dado el sistema dispensacionalista. Si la regla de oro de la interpretación es que todo texto debe verse a la luz de su contexto, en este caso el versículo que lo ilumina es 9:27. En segundo lugar, el griego no dice “y luego” (adverbio de tiempo, sino “así” (BJ) o “de esta manera” (NVI). Mientras se consigue la plenitud de los gentiles, la suma de los remanentes del Israel creyente en la historia es el todo Israel que se salva.
Conclusión. Esto se confirma en los vv. 26-27, referido a la primera venida como inauguración de la era mesiánica apoyada por las citas de Jeremías e Isaías que se combinan para precisamente señalarlo.La doctrina del remanente contemplada en la totalidad de las Escrituras arroja la luz suficiente para informar a la soteriología de un tema fundamental. Pedro Puigvert
40 ANIVERSARIO DEL CENTRO EVANGÉLICO DE ESTUDIOS BÍBLICOS (CEEB) En la presentación del Curso pasado anticipábamos que el siguiente 2009-2010 tendría una relevancia especial por celebrar el cuadragenario de nuestra fundación y el principio de las clases que empezaron a impartirse en el local superior del templo de la iglesia de la calle Teruel. Hacía poco tiempo que se había aprobado la primera Ley de Libertad Religiosa en pleno franquismo y después de muchos años de tolerancia, las iglesias habían experimentado un notable crecimiento. Era, pues, el momento apropiado para empezar la andadura de una institución dedicada a la educación bíblico teológica formal bajo los auspicios de la Alianza Evangélica Española. Han pasado cuarenta años y si contemplamos este tiempo en perspectiva no podemos por menos que dar gracias a Dios por su fidelidad. Un grupo entusiasta de alumnos, entre los que me contaba, empezamos a estudiar en el otoño de 1969 un currículo cuyo contenido era semejante al que actualmente se imparte en el Curso Superior.
Los mejores profesores que entonces estaban disponibles, residentes en la ciudad de Barcelona o en las comarcas cercanas, tomaron entre sus manos la responsabilidad de formar a hermanos jóvenes y otros que no lo eran tanto, pero deseaban prepararse adecuadamente para servir al Señor de la manera más elevada posible y para eso el estudio profundo de la Biblia era fundamental. Al mismo tiempo se invitaban a profesores de otros lugares de España y del extranjero, aprovechando su visita a nuestro país o expresamente, para que impartieran seminarios sobre determinadas materias de las que eran especialistas. Los tiempos han cambiado y mientras hoy seguimos contando con un buen cuerpo de profesores y mejores medios y recursos para enseñar, notamos la falta de un mayor interés general por estudiar la Palabra de Dios como algo prioritario. Es verdad que en la actualidad todo el mundo está muy ocupado en múltiples cosas, pero si existiese una férrea voluntad por aprender, muchos más se podrían aprovechar de la formación que ofrecemos a las iglesias en estos momentos. También han aparecido nuevas formas de acceder a la formación bíblico-teológica de manera que la presencial se está resintiendo.
El CEEB fue pionero en la enseñanza nocturna, una manera de facilitar el acceso a la formación sin necesidad de estar en una institución residencial. En eso radicó buena parte de su éxito, porque los hermanos podían seguir un plan de estudios sin tener que ingresar en un Seminario, aquí o en el extranjero, y seguir trabajando en su profesión, ya que podían recibir las clases una vez finalizada su jornada laboral de lunes a viernes y aprovechar los fines de semana para estudiar y preparar los trabajos que se les exigía. Sabían que eran cuatro años en los que el objetivo principal era terminar sus estudios y luego ya tendrían tiempo suficiente de poner en práctica lo que habían aprendido. Ahora, cuarenta años después, seguramente sea necesario reflexionar y revisar nuestras estructuras para hacer frente a los desafíos que tenemos delante si finalmente los estudios teológicos de las entidades protestantes tienen reconocimiento oficial de las autoridades académicas de nuestro país. Sobre los hechos del pasado alzamos nuestra vista al futuro próximo y lejano para seguir buscando la voluntad de Dios en la formación de su pueblo. Pedro Puigvert, Presidente del CEEB |